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BIOGRAFIA

El Padre nació el 10 de Enero de 1912, en Sermide, un pueblo de la provincia de Mantua, de la baja Val Padana, hijo de Olindo Penitenti y de Concepción Vicenzi; el noveno de 16 hermanos.
La casa que lo vio nacer se encuentra en el barrio “La Montagnola”, del Conde Montagnola; sus padres estaban de servicio como campesinos.
La comunidad parroquial de los Apóstoles San Pedro y San Pablo de Sermide, lo acogió por primera vez el 28 de Enero de 1912, administrándole el Sacramento del Bautismo.

FAMILIA DEL PADRE JULIO

UNA FAMILIA TEMEROSA DE DIOS


Sus padres, económicamente pobres, pero ricos espiritualmente, eran una familia de campesinos que se ganaba el pan “con el sudor de su frente y callos en las manos”. Un trabajo duro, continuo duarante las cuatro estaciones del año y durante todos los días de la semana, excepto los domingos y fiestas de guardar que se observaban su escrúpulo.
Olindo y Concepción, verdaderamente cristianos, con sus enseñanzas y su ejemplo personal, sabían infundir en sus 16 hijos auténticos valores religiosos. Tanto su vida como la de sus hijos, estaba fundada en una fe profunda en Dios, en una fidelidad sin condiciones a sus mandatos divinos y en una caridad genuinamente cristiana.

MAMA DEL PADRE JULIO

EJEMPLOS MATERNOS


Al Padre le gustaba recordar, cuando se le presentaba la oportunidad, muchos de los ejemplos de sus padres recibidos en su infancia. Con agradecimiento sincero, decía de su madre: "Mi madre no sabía hacer la "O" ni con un vaso (era analfabeta), pero poseía la sabiduría de los santos. No habría nacido -recordaba aún- si hubiese obedecido al médico, que ya en el primer parto del que nació mi primer hermano Guido que vivió pocas horas, le aconsejó no tener más hijos para no poner en peligro su propia vida. "Señor doctor, -respondió enseguida mi madre, y nos lo repetía cuando se presentaba la ocasión-, tendré tantos hijos como el Señor quiera darme, sin negar a nadie el derecho a la vida, aún a costa de mi propia muerte." Hijos... tuvo 16.
"Recuerdo -continúa el Padre hablando de su madre- tendría yo entonces 4 ó 5 años, que estando en cama, no sé de qué enfermedad, cuando le llevaban de comer, viéndonos a su alrededor, no podía menos que repartir entre nosotros su alimento, contenta hasta decir basta por vemos saltar de alegría. Eran tiempos difíciles, los años de la Primera Guerra Mundial, años de hambre y de terror. .. pero nunca la oí quejarse o la ví desanimada; su gran espíritu de sacrificio y de piedad y el amor por sus hijos sostuvieron su vida cristiana de esposa y madre. ¡Oh, qué grande es el don de tener una madre buena!"
Educado en este ambiente familiar, auténticamente cristiano y .formado en esta escuela humilde pero fecunda por su espíritu de fe y sacrificio auténtico, crecía "en edad, sabiduría y gracia."

LA IGLESIA NO SE TOCA


Un episodio significativo nos indica como ya a la edad de 6 años amaba la Iglesia. Eran los últimos días de la Primera Guerra Mundial, en 1918. Vivían en aquel período, en "Oosso dell'lnferno", un barrio de casu¬chas alrededor de la casa del patrón, construida por los Condes Eugheben de Verona.
El caos, la ruina, la desorien¬tación eran reyes soberanos. Los partidos políticos pululaban; mani¬festaciones y huelgas se encontraban en cualquier parte, aún en los lugares más pequeños. En una de esas manifestaciones en "Oosso dell'lnferno", el Padre por primera vez reveló su amor a la Iglesia.
El hecho ocurrió un atardecer. Todos los campesinos de la hacienda agrícola de los Eugheben, se reunieron en las primeras casas del pueblo y comenzaron a gritar y corear protestas a grandes voces. El pequeño "Julito" -así le llamaban- estaba jugando con otros niños de su edad en los pajares de la hacienda. Atraídos por aquella confusión, corrieron a la calle y él más curioso que los demás fue arrastrado literalmente por aquella marea humana. Se tropezó con Marass, un gigantón que dependía de su padre, amigo de la familia y cariñoso sobre todo con "Julito" que al oírlo gritar lo cogió en hombros y se fijó que un dedo del pie le sangraba; arrancó un trozo de la bandera roja que llevaba en la mano y se lo vendó diciéndole: "¡Vamos, vamos Julito!", se lo puso en los hombros y dándole la bandera le invitó a cantar con todos: "Adelante pueblo. . . " En los hombros de aquel gigantón -nos contaba el Padre- el dolor se le pasó como por encanto y también él, como todos los demás, gritaba y cantaba agitando la bandera con ardor.
El cortejo llegó delante de la casa del patrón, al lado se encontraba una pequeña Iglesia. Aquí los manifestantes aumentaron sus gritos y gestos contra el patrón, levantando amenazadores los utensilios que tenían en las manos. Las exclamaciones y gritos cada vez eran más fuertes y airadas; las mujeres estaban más enfurecidas que los hombres. El pequeño "Julito" que desde los hombros de aquel gigante observaba ingenuamente todo aquel griterío vió a un hombre, Tracagnott, adelantarse del grupo que encendiendo trapos mojados con petróleo los colocaba delante de la puerta de la iglesia, con la clara intención de quemarla. En ese momento, "Julito", como si fuesen en contra de la persona más querida se puso a gritar: "Marass, Marass, ¡qué queman la Iglesia!", incitándolo con palabras y gestos a darse prisa e ir a apagar el fuego. Marass, no pudiendo pasar aquella barrera humana, se puso a gritar con toda su voz: "Muchachos, muchachos, la Iglesia no se toca!", apagaron los trapos y la pequeña Iglesia se salvó.
Aquella frase: "La Iglesia no se toca" llegaría a ser todo un símbolo para el Padre, que más tarde consagró su vida en la Iglesia por el ideal ecuménico; repetiría con frecuencia: "¡La Iglesia, instituida por Jesucristo, predicada y deseada, Una, Santa, Católica y Apostólica, no se toca!".

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