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HOMILÍA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 5,1-11.

“EL PADRE” (La pesca milagrosa…)

El mundo está dividido bajo dos banderas, en dos reinos, en dos ciudades. La bandera de Jesús Cristo, de Dios, y la del demonio, del diablo. La bandera del Espíritu y la de la materia. El reino de la verdad y el del error, de la mentira, la ciudad de la tranquilidad y la de la inquietud… ¿A cuál bandera, reino y ciudad pertenecemos nosotros? Pedro, pertenecía a los pecadores era pobre, impulsivo, un carácter humano y temperamento de fuego, pero reconocía su naturaleza, sus pecados, sus miserias, sus fallos, era humilde y el Señor lo escogió como jefe, cabeza de la Iglesia y su representante aquí en la tierra, no mirando más a los pecados, a las miserias que él tuvo, sino a su humildad, a su generosidad… del día que el Señor lo puso y le dijo que era como pescador de hombres y no de peces, él se convirtió completa y totalmente para siempre, empezó a pertenecer al Reino de Dios, bajo la bandera de Dios, en la ciudad de Dios, la iglesia… y nosotros hijas mías, a quien y a qué pertenecemos? Hemos abandonado el mundo, la familia, los placeres, también a nuestros derechos más personales, el de ser libres, el de casarnos, el de poseer, todo lo hemos abandonado; como dice el Santo Evangelio, luego llevaron las barcas a tierra y dejándolo todo lo siguieron.
Nosotros los religiosos, los cristianos, lo hemos dejado todo? o guardamos todavía algo que no es de Dios en nuestro corazón: sentimientos, apegos; en nuestra mente: ideas, opiniones; en nuestro cuerpo: derechos no renunciados; lo hemos dejado todo?...
Nosotros los religiosos tenemos que ser testigos de Dios en el mundo y como vivió Cristo Jesús mismo y renunció a todo, todo lo dejó y vivió como Dios en la tierra, en el cuerpo de hombre, en la humanidad nuestra, para demostrar al mundo entero que se puede vivir en el cuerpo siguiendo al Espíritu y dando vida al espíritu, dejándolo todo, para seguir a Cristo y ponerse en pos de Cristo.
Quien guarda para sí mismo unos placeres, unas libertades, unas opiniones, unos apegos, no lo deja todo, permanece todavía en su barca, en su lago, en su yo, y permaneciendo en su yo, en su barca no pertenece más a Cristo… nuestra vida tiene que ser la de Cristo, nuestro destino tiene que se el de Cristo aunque sea un destino de cruz, hay que dejarlo todo, así la Iglesia se salvará, solo así la Iglesia se desarrollará, solo así el Reino de Dios vendrá a este mundo, ¡de lo contrario NO!.
Oh hijas mías! el mundo de hoy necesita religiosos verdaderos, verdaderos pescadores, verdaderos apóstoles, no a la mitad: un poquito en la barca, un poquito en la tierra, un poquito de Dios y un poquito de yo; no se puede servir a dos amos, no se puede estar bajo dos banderas, estar un día en una barca y otro en otra. Quien no está conmigo, esta contra de mí, y los apóstoles llevaron las barcas a tierra a tierra, abandonaron las barcas y las redes y dejándolo todo lo siguieron. Hijas mías, hay que pensar en eso: por qué yo escogí esta vida…? por qué escogí este camino…? por qué Dios me llamó…? Habría podido decir: No, Señor, yo no me siento, yo no quiero eso. Como ese muchacho, ese joven que se presentó un día al Señor: “Señor, qué tengo que hacer yo para salvar mi alma?” “Practica los mandamientos”. “Señor, ya lo hice desde mi juventud, desde mi niñez, siempre practico los mandamientos”. El Señor, miró dentro de sus ojos y vio su alma tan buena, tan deseosa de perfección y le dijo: “pues si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, ven y sígueme…” ese joven tan bonito, con ojos celestiales, con un corazón tan abierto a la verdad y al amor se entristeció, volvió atrás y no se supo nada de él. Quiso la libertad, no quiso dejarlo todo; tenía su derecho, nadie lo obligaba, no hacía pecado, el Señor le puso una pregunta: si quieres? él no ha querido; quería, sí, llegar a su destino, pero no volando, sino caminando al cielo, en la tierra, en las carreteras normales. Pero no era perfección, Dios no obliga a nadie. A nosotros nos ha indicado un camino de perfección y hemos contestado “sí, Señor lo quiero…” como contestaron los apóstoles que dejando las barcas lo dejaron todo para seguir a Cristo.
Para seguir a Cristo, hay que abandonar todo, renunciar a nuestros derechos, no olvidar, repito, renunciar a nuestros derechos… derecho de libertad, derecho de poseer, derecho de procrear; son derechos de la naturaleza humana que nadie nos puede obligar a renunciarlos; ni el Papa, no los reyes, ni los presidentes, ni nadie; solo quien quiere hacerlo de su espontaneidad y en el momento que él lo quiera, es él el dueño de sí mismo. Yo lo quise, en ese “yo” está el mismo Dios, que bendice, recrea su alma, renueva su espíritu, renueva su naturaleza humana casi transformándola en naturaleza divina; y en ese cuerpo domina el espíritu, compuestos como somos de alma y cuerpo, domina en nosotros, no más los derechos humanos, no, no más lo derechos de la naturaleza humana sino los derechos de Dios, y anticipamos aquí en la tierra la vida del cielo, testigos vivientes, así como si fuésemos ángeles. Pero nadie nos obliga, pero desde el momento que nosotros “escogimos” esta vida, tenemos que vivirla hasta la muerte, hasta la sangre, cueste lo que cueste, día tras día siempre más; me dirijo a las novicias y también a las religiosas; que somos nosotros, nadie nos obliga, pero si queremos tenemos que hacerlo espontáneamente, con generosidad, con empeño, con voluntad fuerte hasta el heroísmo, quise, basta, no vuelo atrás, no olvidando que lo difícil no es empezar, ponedlo en la cabeza, ponedlo en la mente, ponedlo en el corazón, escribirlo en la mano y sobre todo en vuestra vida: “lo difícil no es empezar, todos podemos empezar, yo puedo empezar a construir un edificio, un puente, un barco, un avión, pero no continúo… lo que vale es volver a empezar hasta llegar a su destino…” Hijas mías, Dios no solo empezó la redención humana, sino la condujo hasta la muerte para salvarnos, tuvo en su vida, en su calvario, en su camino, dificultades que solo Él pudo superar, solo Él porque llevaba y tomaba sobre sus espaldas no solo su deber personal como hombre singular, como hombre particular, sino de todos los hombres, de todos los pasados, los presentes y los futuros; pero por eso tenía un peso enorme sobre sus espaldas, no esa pequeña cruz de madre, no una simple cruz de madera sino en ella dentro, estaban todos nuestros pecados, y Él tomó la cruz conciente y libremente. Nadie lo obligó, pero desde el momento que tuvo la decisión de salvarnos a los hombres, quiso llegar hasta morir por los hombres, hasta consumarse; mirad la vela, es vela sólo cuando esta encendida, sólo cuando da su calor y su luz, consumándose y cuando llegará el final será completamente vela, porque se ha consumado; cuando está apagada no es vela, así nosotros, tenemos que consumarnos por nuestro fin, por nuestra elección, por nuestra vocación, para llegar a nuestro destino nos costará seguramente, lo que no cuesta, no vale, sólo que cuesta, vale; y tenemos por eso hijas mías, con las lágrimas en los ojos, con la sangre que sale de nuestra boca, con el sudor que sale de nuestra frente, con los callos en las manos y en las rodillas y en los pies, consumarnos por nuestro fin. Quiero ponerme en pos de Cristo, quiero ser Cristo viviente, como lo hizo y los fue San Pedro; a mi me gusta tanto pensar en San Pedro, más que en San Juan, yo no llegaré nunca a ser como San Juan, pero quiero ser como San Pedro, porqué no llego a ser como San Juan?... porque estoy tan lleno de pecados, tan lleno de miserias… San Juan era un jovencito tan bonito y bueno, Pedro no, se enfadaba también, a veces se enfadaba hasta cortar la oreja a un soldado: “¡pero Señor!”, “Pedro, quien a espada hiere a espada perecerá…” y Él, humilde, humilde, tomo la oreja y la puso en su sitio, en su lugar. Pedro obedeció siempre al Señor, pronto, sin discutir, sin poner problemas, nunca pidió al Señor explicaciones, obedeció siempre, ciegamente, renunciado a sus deberes casi, casi, más que la Virgen Inmaculada cuando el arcángel Gabriel le dice de llegar a ser Madre de Dios: “¿Cómo puede ser esto?” preguntó la Virgen; San Pedro no preguntó nunca nada, creía inmediatamente a la Palabra de Dios; qué la Virgen no creía?... creía ella también, pero quiso ser un modelo de diálogo para con sus superiores y por eso después en perfecta humildad y en profunda obediencia: “Hágase en mí según tu palabra” y pensar que no dijo según la palabra de Dios, sino la palabra de ese hombre que se le apareció, sino el mensaje que él traía, “hágase en mí según tu palabra…”.
Así también tenemos que hacer nosotros los súbditos con nuestros superiores: “Hágase en mí según tu palabra, Sr. Obispo, Papa, Madre Superiora, Superior…”, “Hágase en mi lo que tú quieres, no mi voluntad sino la tuya”. Esta es verdadera santidad, esto es dejarlo todo para ponerse en pos de Cristo.
No puedo concluir este comentario sin pedir a todas vosotras, hijas mías, permitidme llamaros chicas, hijas mías, sin pedir una oración particular por mi conversión, lo digo con sinceridad, cuanto más llego a la vejez tanto más siento el peso de mis pecados, de mi responsabilidad, vosotros podéis esperar vivir mucho, yo no puedo más esperarlo, la matemática de los años me obliga a pensar en la muerte más que a vosotras y por eso, cómo podré presentarme ante el Señor?, cuando era joven escribía en la mano la tarea, ¿puedo presentarme en esta misma manera al Señor?. Él lee la conciencia, y qué le doy yo…? Qué no hice nada bien en mi vida?, pedid, para que yo me convierta completamente al Señor, y yo pediré por vosotras, para que seáis santas, generosas. La Iglesia, el futuro, de pende de vosotras, de cada una de vosotras, basta uno para traicionar la Iglesia entera, como basta uno para salvar al mundo entero. ¡Dejadlo todo!, abandonar hasta vuestro cuerpo, renunciad vuestros derechos, para seguir a Cristo con toda vuestra alma, en la humildad, en la castidad, en la obediencia, en la pobreza, con espíritu verdadero de fe, con espíritu verdadero de piedad, con espíritu verdadero de sacrificio; aquí está la vida, sí… PIEDAD Y SACRIFICIO, solo así podemos dejarlo todo, porque no seremos más nosotros los que vivimos sino Dios que vive en nosotros.
Hijas mías, vamos a continuar este sacrificio pensando también en dar gracias a Dios porque nos da la posibilidad de concelebrar, os daré la Santa Comunión bajo las dos especies de manera que podáis también vosotras consumar el sacrificio de Dios bajo la Sangre y bajo el Cuerpo de Cristo, de manera que no seamos más nosotros a vivir, sino Él que vive en nosotros, en nuestros ojos, en nuestra vida. No soy más yo quien vive, sino es Dios que vive en mi… y transmitirlo a los demás con nuestro comportamiento interior y exterior, con nuestra vida íntima, con nuestra fe, nuestra piedad, nuestro sacrificio, ¡así sea!...