• QUIENES SOMOS
  • FUNDADOR
  • ECUMENISMO
  • TADDEIDE
  • PRIMERAS TRES FLORES
  • SACERDOTES
  • RELIGIOSAS
  • LAICOS
  • COMUNICADOS
 

SOR MARÍA EUGENIA TRONCONI



SOR M. EUGENIA TRONCONI

Nace el 18 de mayo de 1989, en Cava Manara (Pavia), de padres ejemplares que le dieron con el santo bautismo los nombres de Leopoldina María Francesca. Enseguida de una terrible quemadura comenzó su calvario desde muy pequeña hasta su muerte, dio signos inconfundibles de aquella hambre de sacrifico, de firmeza, de voluntad y de aquella generosidad de corazón que, en su camino, la condujeron a una verdadera madurez moral y a la vital inmolación de sí misma al Señor para la conversión y el retorno de la unidad plena y visible de todos los hermanos cristianos.

La encontré después de la Pascua de 1945, en el hospital de San Giovani en Laterano, en circunstancias verdaderamente misteriosas y en condiciones de miseria y piedad. La llevamos a un angosto y oscuro cuarto de la Villa Máximo al Laterano, en donde comenzábamos y experimentábamos nuestras primeras tentativas de apostolado por la unidad. En aquella habitación, cuando sus dolores eran más agudos, DINA frecuentemente cantaba con su bella voz: “Acuérdate de mí, ¡Oh Señor!, ahora y en mi muerte”, después dirigiéndose a sí misma continuaba: “canta, canta DINA, ¿qué te pasa?”.

En los momentos en los cuales creía que estaba sola, ella que sana pesaba entre sesenta kilos, agradecía al Señor de haberla reducido en aquel miserable estado, y bromeando con su apellido “Tronconi”, oraba así, parafraseando: “¡Oh Jesús!, quiebra también mi cuerpo y deshaz mis huesos, para que se reúnan todos los hermanos cristianos y se cimente la unidad católica”. Su estomago no retenía ya nada más que las sagradas especies.

Después de la Santa Comunión permanecía profundamente adormilada como si los terribles dolores que la hacían ininterrumpidamente quejarse desaparecieran en aquel momento. Por una especial concesión esta pequeña habitación, era bien asistida, no solo por la comunión cotidiana, sino también con frecuencia por la Santa Misa, a veces en rito latino, y otras en rito oriental.

No sé como todavía puede vivir; comprende todavía todo, habla poco, y de vez en cuando su cuerpo tiene temblores y contracciones como si quisieran desgarrarse los músculos o quebrarse los huesos. Pobre Dina. Su fin debe estar muy próximo. El Reverendo Padre Procurador General de las Trapistas P. Berbaroux, que conocía a Dina desde que era aspirante Trapista en Grottaferrata, la viene a visitar junto con otros Padres, y concedió que hiciera su profesión religiosa de los votos solemnes en “articulis mortis”. Ella al escuchar esto se puso a llorar de gozo. “¡Oh Jesús! –decía- no podías darme gracia más grande que esta: ser tu esposa y después morir sobre el tálamo de la cruz. Con las rodilla y demás miembros despedazados, sin sangre como tú. ¡Sí oh Jesús que así sea!”.

En la tarde viéndola agravarse, llamé a Giuseppina y Giulia, me puse la cota y la estola, y después de haberla preparado y haber recibido, una vez más –por expresa voluntad- la confesión general, mientras ella apretaba entre sus manos desencarnadas y esqueléticas el Divino Crucifijo y las dos hijas sostenían con una mano su cabeza y con la otra una vela encendida. Leí la fórmula Ritual de la profesión, propia de la Orden de San Benito, que firmó de propio puño y letra, tomando el nombre de Sor María Eugenia de la Unidad de la Iglesia, en homenaje a la Virgen y al Papa, mientras después repetía su frecuente invocación. “¡Oh Jesús! quiebra mi cuerpo y deshaz mis huesos, pero reúne a los hermanos dispersos”. Recibida “in extremis” la apostólica bendición del Santo Padre, y dirigiéndose a nosotros toda sonriente exclamo: “Yo he terminado mi camino y me he consumido en oblación por la unidad de todos los cristianos, ahora les toca a ustedes”.

Son las 22:30 Giuseppina y Giulia velan todavía con las velas encendidas y en la mano. Sor Eugenia respira lentamente y difícilmente. Pero su rostro esta siempre sonriente, y sus labios de vez en cuando se abren para decir: “¡Así oh Señor! Sí, que ellos se reúnan y que yo me despedace; así quiere mi apellido, así quiere mi vocación, mi esposo. ¡Así, oh Señor, sí, así! Por esto yo los amo”.

Ella me ha prometido repetidamente que desde el cielo me podrá ayudar mucho y que podrá pagar todos sus grandes delitos a través de la bolsa de la Divina Providencia.

Esta tarde ninguno de nosotros ha comido. Yo voy ahora a la capilla, ahora a la habitación a ver y confortar a Sor Eugenia, su cuerpo esta siempre más misteriosamente afligido, tanto que, en un cierto momento me atreví a proponerle una inyección de analgésico, pero ella se rehusó dulcemente diciendo: “Son los últimos sufrimientos, se necesita disfrutarlos, porque después no tendré nada más para ofrecer por los hermanos”.

Poco después, mientras todas las campanas de Roma sonaban al medio día, recibida ya la Extremaunción abriendo sus ojos llenos de luz y recogiendo toda la voz que podía tener, dijo: “Ecce ancilla Domini, fiat unum Ovile et unus Pastor” y expiró dulcemente, era el 1° de agosto de 1945, fiesta de San Pedro en Vincoli; las campanas de Roma sonaban todavía. Su cuerpo era como una larva, pesaba solo 18 kilogramos, su carne estaba consumida, sus huesos estaban aplastados… “Por los hermanos cristianos separados, para que se reúnan y se haga un solo Rebaño con un solo Pastor”.

Así fueron sus últimos instantes, en plena conciencia, casi sin palabras. El Apóstol de nuestro ideal, San Pedro, la quería librar de los vínculos terrenos y llevarla a la eterna mansión propio en el día de su fiesta, Giuseppina la hermana lloraba de manera incontenible… la noticia de la muerte de Sor Eugenia se dio a conocer en las casa vecinas y entre las buenas personas que primero venían a verla para encomendarse a sus oraciones.

Ya por la noche, después de haber preparado la sala de velación en un salón cerca de nuestra capilla, yo mismo la lleve sobre mis brazos. Era ligera como una rama. Me parecía llevar un santo ostensorio. Detrás de mí Giuseppina y Giulia, como si fuera una procesión, oraban bajando lentamente por la escalera. No olvidare jamás esta escena! Ahora, regreso con el pensamiento a las últimas horas de vida de Sor Eugenia y me lamento por no haberle estado más constantemente cerca, no para confortarla, sino para aprender el secreto de aquella sonrisa, de aquella mirada llena de luz. Así pasan las almas sobre la tierra: las esposas del Altísimo. Así Sor Eugenia de la Unidad de la Iglesia. ¡Oh Ella no me abandonará. De eso estoy convencido!

Sus restos mortales reposan aquí con nosotros, en una devota cripta, y son para nosotros, continua meta deseada de íntimo coloquio que nos corrobora el ánimo y la voluntad a cumplir también nosotros nuestro camino y a consumar nuestra oblación.